
Esta felina llegó a la casa maullando bien fuerte. Pequeñita y con un collar hecho a mano. Seguramente pertenecía a alguien pero decidió llegar a vivir a la misma casa que yo. La anuncié, divulgué que estaba en mi casa... Nadie la recogió y ella no se fue. Se distinguía porque era feliz, especialmente, durante el periodo en que estaba embarazada, daba a luz (lo cual hizo en mi cama, dos veces) y amamantaba. Era un periodo largo y fue delicioso vivirlo con ella porque, realmente, no he visto gato más feliz. En realidad a ella la culpaba de la sobrepoblación gatuna porque llegó a ser abuela de varios hijos de camadas distintas.
Desde hace meses me esperaba todos los días en la reja. Fuera la hora que fuera. No solamente estaba ahí para que le diera de comer: le daba varias vueltas al coche, se acurrucaba conmigo, maullaba feliz.
Tanta era su cercanía que llegué a fastidiarme porque siempre quería estar en mi cuarto, en mi cama: se quedaba en la ventana todo el tiempo necesario hasta conseguirlo. Nunca se llevó del todo bien con la Tumaka y con una que otra hembra de la casa... pero conmigo sí.
Ayer la encontré muerta en la acera de enfrente. Pensé que era una visión y preferí meterme a casa. Hoy la extrañé porque siempre me seguía a todos lados. Salí a comprobarlo. No puedo saber el por qué de su muerte, yo creo que la intoxicaron o se intoxicó sola. Con los ojos abiertos y sin golpes aparentes. Al lado del camino. La enterré. Y no he podido dejar de llorar.
Sólo la casa sabe cuántos gatos he enterrado en ella: recién nacidos, pequeños... La Vaca (parece que también por intoxicación). Pero ninguno me ha dolido tanto como ella: me eligió, me pobló, me acompañó y me esperaba. Una vida corta, tres años y medio. Espero haberte dado una buena vida, Blanca. Al enterrarla estaban cerca algunos de sus hijos y algunos nietos, otros parientes. Al verme hacerlo llegaron lento, al asecho. Sin exagerar, saben que algo pasó.
Yo no se de dónde viene mi amor por estos bichos, si por su belleza, si por el calor, la compañía, su inteligencia, su tranquilidad, su libertad. Sí: lo se, hay razones de más. Yo no sé calcular el peso de las ausencias, en general. Quisiera no estar escribiendo esto, no necesitar escribir esto. De cierto modo su presencia casi unísona a mi llegada a Ameca la signifiqué como un recibimiento a esa región.
Te extraño, Blanca.